viernes, 17 de octubre de 2014

Viento en la Gran Bretaña

(La noche del 15 al 16 de octubre de 1987 un violento ciclón extratropical asoló la Gran Bretaña con vientos huracanados que causaron muchos destrozos. Hoy exactamente 27 años después rescato este texto mío que aparecerá en mi próximo  libro El Material de los Años, que describe mi experiencia de esa tormenta)


Menos de un mes después de llegar a Gran Bretaña tuve mi primer encuentro con el viento. Dormía. Había alquilado una casa grande en la que iba a vivir a solas una o dos semanas, y esa era mi primera noche en ella. Entre mi sueño empezaron a trasminarse largos silbidos, golpeteos arrítmicos y un tenso rechinido oscilatorio. En incipiente terror fui abriéndome paso hacia las capas superficiales del sueño, y recuperé algunos hilos de vigilia. Lejos de cesar, los ruidos proseguían y me parecían altísimos. La casa, me daba la impresión, estaba siendo batida por todos los flancos por un poderoso norte. ¿En Inglaterra? Todas mis convicciones convergieron en persuadirme de que algo en mí amplificaba los datos que a mis oídos llegaban. Recordé haber escuchado sin demasiada atención en el pronóstico del clima que habría fuertes vientos durante la noche. Con los pocos canales de conciencia que tenía marchando en ese peculiar entresueño concluí que la extrañeza del nuevo ambiente estaba actuando en mí como una lente de aumento, y que una rara fijación inconsciente de esos segundos de televisión filtraba los sonidos del entorno, destacando los del viento. Sólo un tanto más tranquilo volví a mi sueño. La noche siguió siendo difícil, llena de presencias sonoras (la reja de madera que golpeaba, la antena de televisión casi inclinando el techo) para las que me había fabricado un pequeño colchón-idea que me permitía seguir dormido. Era como en la infancia: el mundo, de las ventanas hacia afuera, un espectáculo ilusorio que el alma, bien cubierta por cariño, podía ignorar. Sólo que sin cariño.
            Sometido por esos días al proceso iniciático (periodo de silencio e indiferencia) con que Inglaterra recibe al extranjero, a la mañana siguiente no participé de la ceremonia de comentarios (pasmo en la despereza) que en comedores y corredores comenzó tras el desayuno. Mis últimas inquietudes sobre los ruidos que maltrataron mi descanso se habían ido con los remolinos bajo la rústica regadera. Ni el revoltijo de hojas por todos lados (era otoño) ni la peculiar animosidad de las voces en los espacios comunes prendieron la alerta en mí; y no fue sino hasta el mediodía, cuando al cruzar una calle me topé con un enorme enramaje y su grueso tronco en mi camino, que me incorporé a la rara inquietud colectiva. Los ruidos, el miedo de la noche regresaron como en un eco apagado, y junto con ellos un poema de Ted Hughes en el que hacía de su casa un navío azotado por la tormenta: This house has been far out at sea all night. Siempre había imaginado al leer esas líneas una casa sencilla, de madera, sola en medio de campos y enrejados, una tormenta leve pero muy ruidosa por la cantidad de posibilidades sonoras que un escenario tal le confiere al viento. Veía al poeta, adentro, engrandeciendo todo eso con su poderosa imaginación. En un país de huertos caseros, de naturaleza domada, pensaba, sólo la fuerza interna de un Hughes produce relaciones meteóricas con ese poderío. El árbol enorme y destierrado me dejó en la mentira. El poema "Wind" de Hughes es realista, caí en cuenta, y el sentimiento con el que cierra lo compartimos aquella noche varios millones. Algunos no vigilantes en la sala y con compañía, sino sonámbulos y solos; pero igualmente amenazados por el cortejo de ruidos, de sensaciones:
                                               … Now Deep
In chairs, in front of the great fire, we grip
Our hearts and cannot entertain book, thought,

Or each other. We watch the fire blazing,
And feel the roots of the house move, but sit on,
Seeing the window tremble to come in,
Hearing the stones cry out under the horizons.       

Fue ése el primero de muchos árboles que vi doblegados por el viento en distintos y distantes puntos de la isla, y en diferentes momentos de la evolución de su tratamiento póstumo. Funcionaron esos árboles (tirados, levantados por grúas, desramados por sierras, rebanados, transportados en viejos volteos) durante un tiempo largo como lo habían hecho poco antes, para mí, los escombros de construcciones derruidas por el temblor en el Distrito Federal; señales cambiantes que iban marcando el crecimiento de una distancia con un evento incomprensible, y domándolo de alguna manera, aceitándolo hacia el olvido.
            Si la fuerza de los vientos en aquel país se parecía a la de los de mi pueblo en el Istmo, los hombres se comportaban diferente. Sacaban el perro pasear y el inmenso cadáver vegetal que bloqueaba su camino sólo era una incomodidad o un pretexto para invadir el pasto. El hablar esos días no era el habitual: como en el México de septiembre del 85, era terapéutico; pero para el extranjero, la mayor parte de las vocales venían de los locutores de la televisión y no de los dependientes de una tienda.
            Tres días después de la tormenta fui a Londres a buscar a Pedro Serrano; a quien no encontré. Caminé y caminé reencontrándome con aceras que había dejado atrás a los diez años, con mis primeros grandes amigos, que se cansaron por lo visto de esperar mi regreso. Busqué entre ellas también a la joven pareja de morenos delgados y animosos que habían luchado en aquel tiempo, en el exilio, con la paternidad de cinco. En cualquier momento -tenía la impresión- dará vuelta en la esquina y se dirigirá hacia mí un grupo familiar (madre, varios niños de edades salpicadas) cargando bolsas de super, empujando un carrito y tal vez una carriola, y me daré cuenta de que ahí voy, pateando piedritas distraído y con todo lo que ya no encuentro. No ocurrió. Kensington también había mutado.
            Llegué entonces a los parques en donde mi hermano y yo chutábamos a turnos nuestro alborozo venerante a contraluz y la figura movediza de nuestro padre, tenue,  burlón y enmarcado por dos troncos y el cielo azul cobalto. Encontré aquellos árboles, enormes aún a diferencia de tantas cosas que encogieron, pero tumbados sobre sus lomos con las raíces al aire y jadeantes. Ese viento, en su limpia y atroz premonición de mi búsqueda, había pasado por delante borrando asideros para mi nostalgia, soltándome a la desnuda extranjería. He ahí la inhumanidad genial de los elementos: como las grandes obras de arte, a todos conmueven pero a cada uno a su manera, íntima, individual.
            De regreso, en el tren, comencé a medio leer poemas de un libro que acababa de comprar, pues mucho le había visto citar desde mi llegada. “The Less Deceived”, de Philip Larkin, muerto pocos años antes y unánimente reconocido por los poetas británicos más jóvenes como el maestro. Casi nunca leo en secuencia los libros de poemas, así es que tardé un rato en llegar a la siguiente emboscada del destino; el segundo poema del libro era “Wedding-Wind”, que tiene un comienzo impresionante:

  The wind blew all my wedding-day
  And my wedding night was the night of the high wind
  And a stable door was banging, again and again
Como en el poema de Hughes, hay una relación de pareja en el interior que vive en común el asalto de la intemperie sobre el mundo externo. Lo obvio curiosamente es el segundo nivel; la calca metafórica, casi épica, del encuentro erótico. Pero en esta joven mujer, que toma la voz a través de Larkin, encontramos además acceso a la expresión de una delicada e intensa experiencia individual de reacomodo, de reconexión con el resto de los elementos. El fuerte viento y todo lo que acarrea es vivido por ella (no importa si real o metafóricamente) desde una extraña exaltación contemplativa, magnificado todo por su cambio interior, por su situación de tránsito. Larkin expulsa, con el viento y sus instrumentos, al estereotipo de la noche de bodas fuera de su cara manida para obligarnos a verla como emblema del estupor y la extrañeza ante el cambio, y de la facilitación de éste por la ternura.
            En el poema, el compañero se levanta y sale a cerrar la puerta destrancada y ella se queda sola en ese espacio inconquistado (“Stupid in candlelight, hearing rain”), y ante la ausencia del muelle de la intimidad o la costumbre, y en la concentración emocional (de lente) en que su tensa sensibilidad se encuentra, su euforia de ser, ahí, toca todas las partículas de la creación, y Larkin le presta su apabullante sencillez de modo:

                          ...When he came back
     He said the horses were restless, and I was sad
     That any man or beast that night should lack
     The happiness I had.
                       

Leí y releí en el tren varias veces el poema, que prolonga como en una resucitación la euforia hasta la mañana siguiente. Me enremansé un buen rato en su enigmático final, que deja pasar por encima de la muerte el valor de esos momentos, y terminé, cerrando el círculo, en mi nueva alcoba (imagen invertida del poema: soledad, la hilachas amputadas de una vida detrás, el exterior amenazante) que en mis temores seguía moviéndose tambaleante, como antes el tren, sobre una isla que empezó a parecerme desprotegida, expuesta inocentemente ante los humores de la atmósfera de una manera que no lo están los continentes. No las casas, sentí, no las ciudades; la isla, como quería Lezama, está a la deriva. Sin sierras como en mi tierra (una carabela sin arboladura) que revienten el bulto en embate de ese pesado luchador de sumo, que es demonio además ágil y transparente, y se bifurca y cuela por las hendiduras, y te sopla al oído borrando la memoria.

lunes, 26 de mayo de 2014

Entrega

Nos despedimos en gran forma.

Dos días antes de tu muerte nos bañamos durante horas en la terma.
Abrazados e inmóviles dejamos correr el agua tibia, aromática, porque no había mañana.
Hierbas en el agua y los pulmones. Vapor de alcohol y sales de mar muerto.
Un río de palabras francas y desbordadas.
No quedó nada por decir, memoria ni tierra por perturbar.
Nos levantamos de ahí para secarnos uno al otro recordando veranos.
Para vestirnos uno al otro hasta acabar en lágrimas.

Nos despedimos en gran forma.

Un día antes de tu muerte reacomodamos los muebles de la sala para ver al poniente.
Antes de que despertaras lavé con furia el ventanal y animé a las arañas en las macetas viejas a que tomaran agua del alba y luz resplandeciente.
Ya sin palabras nos bebimos el día en las poltronas y una docena de botellas de cava.
Cada una más tibia. Cada una más densa. Cada una más sobria.
Hasta el retorno del sol en nuestra nuca.

Nos despedimos en gran forma.

El día de tu muerte ya no quedaba tiempo con qué sellar los labios.
En tu rostro la mariposa rota de mi vida.
En el mío los pólipos púrpura de tu muerte.
Cogidos de la mano bajamos la escalera.
No esperamos a que tocaran a la puerta.
Al abrirla ya estaban ahí los centinelas. Adustos.
No sé si te entregaste o te entregué.
Si te entregamos.
Desde ahí cada paso que doy me aleja de mí misma.
De ese umbral donde los cuerpos...

Nos despedimos en gran forma.

Te fuiste para quedarte.
Me quedé para irme.

martes, 13 de mayo de 2014

Serenada


¿Cuántas partículas de luna
Se posan en el agua serenada
Durante la madrugada?

Ninguna

Pero la bebo al despertar
Y me da serenidad
El azul de la luna
En el torrente
Que revive mi mente

Y la fecunda.

domingo, 2 de junio de 2013

Días (axioma y corolarios)



Para todo día existe alguien para quien ese día es el día más feliz de toda su vida.

Un día es día si cobija la felicidad de uno.

El día sobrevive en la felicidad, se atenúa con ella; mueren juntos.

Hay quien busca su día días y días.

Otros se alejan, condenados, de su día.

Cada amanecer arroja su atarraya de resplandor sobre los hombres inermes. Si hay fortuna alguno se enredará, encenderá y será su día.

Triste es el día que no incendia de uno la felicidad.

Desgraciado es el día que olvida a quien ha hecho feliz.

Y más desgraciado es el día que es olvidado.

Para todo día existe una noche helada que lo espera paciente, agazapada.

...y de pronto anochece



jueves, 23 de mayo de 2013

“Nada es verdad ni es mentira”; o sobre cómo ordeno mis libros


No entraré en mi biografía temprana. Sólo diré que tuve al principio muy poco contacto con personas que tuvieran una biblioteca personal. Mi actitud inicial ante los libros fue la sencilla y pragmática de los pocos lectores que había en el barrio suburbano en el que crecíHacerse de ellos más o menos azarosamente, leerlos, compartirlos, guardar uno que otro, conseguir más, leerlos, regalarlos. Mi rareza fue haberme aficionadodemasiado a poseerlos para el promedio en mi entorno y comenzar a quedarme con ellos, juntarlos en un rincón, coleccionarlos.  
No recuerdo en qué momento empecé a pensar en mis libros como una biblioteca personal. Supongo que fue cerca de los veinte y pocos años y que me afectó alguna de esas pomposas declaraciones de bibliófilos que sostienen que una biblioteca es un “proyecto de vida”, un diario de viaje,  una obra de arte singular que sigue el perfil de una personalidad. No que yo aspirara a tanto, pero entendí que esa manía mía decontinua y descontroladamente adquirir libros y no desprenderme de ellos tenía nombre, y sentido. Aceptada la noción de que la suma de mis libros podía llegar a tener un cuerpo propio empecé a concebir su crecimiento como el de un todo orgánico, que ibaabultándose y desarrollándose en mi redor bajo cierta embriogénesis cuyas leyes sólo amí cabía ir vislumbrando poco a poco, sobre la marcha.
Una experiencia iniciática, que al mismo tiempo rompió mis afanes de adoptar un ordenestrecho y conservador entre mis libros, y me liberó personal y hondamente de mucha tensión sicológica, fue descubrir que había libros de tema científico o filosófico que me producían un placer estético grande por su escritura, con independencia del tema. Como estudiante me enfrenté por sus saberes a Medawar, Haldane, Hofstadter, Thomas Nagel, Quine… pero me quedé más tiempo con ellos por su arte. Además de sabios eran literatos. Ahora me suena bobo ese recuerdo pero fue crucial. Dejé de tener pruritos disciplinares y empecé a buscar órdenes entre los libros que reflejaran otras afinidades.
Cómo se desdoblan, se diferencian y especializan los apartados y las secciones de una colección de libros es una combinación de azar y necesidad. La contingencia de los descubrimientos, hallazgos, recomendaciones, que saltan de mil lugares, frente a las oscuras leyes (en mi caso indeterministas) de la atención, deseo, la intuición y el gusto.Conforme se van agregando libros, que primero se atraen y acomodan en los estantes por afinidades obvias (novelas con novelas, manuales de estilo con diccionarios) las contradicciones y tensiones clasificatorias empiezan hacer su trabajo de constreñimiento y restricción, de moldeo de ligamientoSe reducen así las regiones utilizables del “morfo-espacio” y se van decantando las trayectorias probables de las improbables o imposibles, según se vayan encarnando ciertos órdenes y descartando y haciendo casi inaccesibles otrosLos ensayos del evolucionista Stephen Jay Gould quieren estar junto a los del médico Lewis Thomas o a los del poeta  y biólogo Loren Eiseley, pero no aceptan alejarse demasiado de Montaigne o Hazlitt. Éstos a su vez sienten la atracción de los imanes (o campos morfogenéticos) divergentes de las literaturas clásicas, francesa y británica. Las cartas de Colón quieren estar entre los libros de viajeros, o entre los de historia de América, cerca siempre de los cronistas de Indias, pero algo las tira hacia estar junto a Maquiavelo y otros tratados renacentistas. La autobiografía de Bertrand Russell entre sus otros libros (ensayos, filosofía) acomoda bien su grosor, claro, pero al menor descuido se escabulle hacia los de historia del siglo XX o los de literatura inglesa, pasando en el ínterin largas temporadas en mi librerito del buró como relectura estimulante. La poesía, que desde muy temprano fue un atractor central, tuvosiempre un nicho diferenciado y protagónico en mi biblioteca, pero nunca del todo estable. Las subdivisiones iniciales (lengua española, inglesa, francesa, y traducciones del ruso, del alemán, del japonés, etc.) sufrieron desde siempre deformaciones por la tensión cruzada que otros criterios entrometen: la antigüedad clásica atrae a Safo, a Virgilio, a Lucrecio. Pero luego éste luego duerme largos ratos junto a bestiarios medievales, a selecciones de Paracelso y la Óptica de Newton. La Zoonomía de Erasmus Darwin se alborota por estar junto a Coleridge y junto Lamarck y El Origen de las Especies, y unos cien libros de historia de la biología, pero todos no caben sin torsión en el mismo estantero.
El problema de quien acomoda su biblioteca personal no ha de confundirse con el del bibliotecario: éste último debe aspirar los criterios robustos, y objetivos, de un taxónomo. El primero sin embargo  debe encontrar la forma (siempre en proceso y cambiante, en desarrollo) que se amolde, así sea efímera y tentativamente, a su atención y deseo; a su libido lectora, y a su pasión coleccionista.
Nada más desequilibrante para el (des)orden de mi biblioteca  que usar inopinadamenteun libro que ya había encontrado un sitio cómodo. Sacarlo de su lugar (siempre frágil y temporal) siguiendo algún impulso consciente o inconsciente, razonable o arbitrario, y ponerse a leerlo un rato para luego acarrearlo a alguna de las zonas de estancia temporal, de transición consumidora o clasificatoria. El rincón nocturno del buró, alguna de las mesas o escritorios de trabajo, la mesita de apoyo al lado del sillón de leer.  
Ese trayecto, catalizado por el orden de ideas o de tareas en el que esté inmerso en el momento (según lo que escriba o piense en el periodo) hace que el libro desplazado interactúe con otros y se generen vínculos orgánicos, que sólo me importan a mí, entre ellos. Así las crónicas periodísticas de Kafka donde descubro fascinado Los aeroplanos en Brescia se ata orgánicamente a varios tomos de biografías de Proust en los que se describe la afición por la aviación de su chofer / enamorado Agostinelli, y a un libro de arte de con reproducciones de cuadros vanguardistas que celebran a Blériot y su travesía de La Mancha, y decenas de otros documentos de la aviación temprana en Francia y México. Le costará regresar a ese Kafka al lado de los otros. París solito (memorias, libros de viaje, guías) tiene un pequeño grumo no planeado pero muy atrincherado en una repisa. Como no lo tiene Londres pero sí Darwin.
Otro gran revulsivo del orden y desencadenador de dramáticos reacomodos y reordenamientos es la mudanza. Ese traumático episodio en el que inevitablemente llega el instante en que uno se sienta apesadumbrado (la cara dramáticamente entre las manos) a meditar el sentido de tanta acumulación, de tanto exceso. Es un punto de inflexión en el que por una vez uno se pregunta honestamente si tiene caso seguiracumulando tantísimo papel, guardando las colecciones enteras de Scientific American yNew Scientist, que apilas desde que estabas en la carrera, al lado de añadas completas del Magazine Littéraire y del London Review of Books; si todos esos diccionarios y manuales tienen función cuando hace décadas que no los tocas ni para desempolvarlos y además todo eso ya es accesible rápida y eficazmente de otros modos. Por unos minutos te sientes un truhán, avaricioso, acaparador, torturador de mudanceros y, sí también, de tus parejas. Te colma la melancolía.
Claro que aun así terminas conservándolo casi todo, pero la biblioteca nunca vuelve a ser la misma. En la renovación forzada por el nuevo espacio cambian los criterios de acomodo que ya evidencian su anquilosamientoSe ha vuelto caduco y contrahecho eso de tener todo lo que se refiere a las ciencias (ensayo, difusión, biografía) y su historia aparte, lejos de la antropología o las etnografías, y cerca de los libros de texto y de los diccionarios. Y de pronto los tratados de sicoanálisis o de teoría literaria parecen más afines al creciente número de escritos historiográficos que han pugnado por abrirseespacio en tus libreros sin encontrar bien su lugar. La mudanza ofrece la oportunidad de un comienzo con la tabla si no rasa, si mucho más despejada, como la vida después de una inmensa extinción masiva. Recuerdo con ambigua nostalgia algunos órdenes de mi biblioteca en anteriores encarnaciones. El pequeño librero al lado de mi cama sólo con poesía inglesa y norteamericana que fue mi favorito  durante mis años de recién casado. Los lomos de Eliot y Wallace Stevens encantándome. O las colecciones de breviarios del Fondo de Cultura que cabían justo en el hueco entre un librero y la ventana.
No hablaré de la sicología libidinal de la cacería, la compra, la incorporación de los libros al acervo. El proceso de crecimiento y desarrollo de una biblioteca es fascinante, y para realmente conocerlo habría que llevar un registro diario de las excursiones y asedios por las librerías o catálogos, los agregados nuevos, su sitio, los reacomodos, laspérdidas y los sacrificios. Siempre explicitando honestamente las razones y emociones detrás de cada acto. Un relato minucioso y honesto que con el tiempo fuese bitácora y relato, lírica y épica de la manía coleccionista y lectora.
Está claro que es la biblioteca personal la que merecería tal esfuerzo de registro, memoria y elaboración. Pues es ella la que sigue pulsiones y decisiones íntimas, no del todo claras, que tienen un contacto estrecho con la libido lectora y es mantenida en su cambiante evolución por su campo magnético. Y ella debe en mi opinión diferenciarse lo más claramente posible de acervos paralelos, con los que continuamente se roza,llámese biblioteca de trabajo, u otros cúmulos bibliográficos que por distintas razones se agregan y conviven con la biblioteca, amenazando su naturalezaSon esos otros libros e impresos superfluos los que, cumplido su efímero propósito, tienden con justica y sin dolor a desaparecer de nuestro entorno con las mudanzas del espacio y del tiempo.
En los últimos años, con el arribo de mi biblioteca a la que probablemente será su última, o penúltima morada, me fui dando cuenta de que en realidad la mayoría de las clasificaciones originarias de mis libros habían dejado poco a poco de funcionar. Descubrí que, si dejamos aparte la poesía, la gravitación de mis intereses, y de sus afinidades, había terminado por forjar un vago pero contundente acomodo en dosgrandes espacios que no tienen que ver con los géneros, ni con los periodos, ni con las lenguas, ni con las regiones, ni con las disciplinas, o al menos no como rasero básico, sino que todo aquello sirve solo como elemento sub-clasificador. Entendí que la principal razón detrás del orden que había ido emergiendo entre mis libros tenía que vercon mi disposición lectora ante su contenido, o como dirían algunos teóricos, con el tipo de pacto de verosimilitud (y verdad) que como lector establecía con el texto. Me explico: con el uso y el reacomodo y crecimiento continuo del número de mis libros descubrí que éstos tendían a aglutinarse cada vez más en dos grandes cúmulos ligados alcompromiso (o la pretensión) del texto de abordar o referir algún aspecto del mundo externo al autor. O si no existía tal compromiso. Es decir, si al escribir el autor se esmeraba por contarme o describir algún aspecto, así fuese muy mediado, de la realidad, o si por contraste el escrito se mueve en dirección de inventar sucesos o situaciones internas o ficticias y su autor no obedece a restricciones o constreñimientos ligados a los referentes externos de sus palabras. Me queda claro que el criterio es pecaminosamentevago, peligrosamente parecido a la dicotomía sajona entre fiction and non-fiction. Séque muchísimos son los textos que no caben en ninguno de los grumos, o más comúnmente, que tendríamos buenas razones para acomodarlos en ambos. Aun así,como modo personal de acomodar los libros éste se ha impuesto en mi ánimo casi sin ningún esfuerzo y sin generar grandes dificultades. Esto porque en realidad las decisiones de dónde acomodar un libro o el otro han estado por mucho tiempo definidas por mi estado de atención, por mi sicología lectora. He descubierto así que, salvo la poesía otra vez, tengo dos formas básicas de abordar lo que otros escribenque claramente están vinculados a estados de ánimo y de deseo bien diferenciados. Para decirlo simplemente, por qué tipo de texto quiero y puedo consumir bajo estasdiferentes disposiciones o estados de ánimo. Uno de éstos estados, quizá el más frecuente conforme me hago mayor, me lleva a preferir en un momento algo que me refiera “realidades”, aspectos del mundo externos al autor, y que éste, para mí, esté comprometido con poner sus talentos, saberes y capacidades para compartirme su percepción, vivencia o lo que sea de esa realidad. Por más subjetivo o personal que sea el abordaje, o el estilo de escritura, este solo compromiso con dar cuenta de lo exterior, usando la experiencia o la investigación empírica, me atrae y seduce, trátesedel relato de un viaje, de un experimento científico, de una etnografía, de un episodio histórico documentado correctamente. Los ensayistas que más conservan mi atención, cuando este talante “empirista” domina, son aquellos que escriben con los ojos abiertos.. A quienes escriben ensayos con los párpados entrecerrados los leo sólo cuando por alguna razón se activa el interruptor, y cambio de “eso que viene siendo” mood.
En el otro de los estados empiezo a preferir lo que se distancia de la “realidad” externapara inventar espacios de referencia alternativos. Aunque sin duda impregnados de mundoen ese otro tipo de escritos el filtro subjetivo y el despliegue creador del autorson los que domina. Es el autor, su imaginación, su ego catedralicio que se propone inventar dominios relativamente autónomos el que me resulta atractivo (si el autor me convence) o repulsivo (si no lo hace). Las novelas dominan ahí, claro. Las grandes novelas que se lanzan a rehacer y recontar la realidad. Pero también viven ahí las mitologías (de autor colectivo, espíritu de pueblos), libros sagrados, excursiones fantasiosas. Ramas enteras de la filosofía como la teología y la metafísica, sobre todo la metafísica sobreseída, históricamente superada, que sigue siendo sin embargo fascinante en su prodigiosa inventiva.
Apenas hice consciente este modo de acomodar mis libros hace unos pocos años. Sé que obedece a prejuicios míos, adquiridos en mis excursiones por las ciencias naturales y por la investigación histórica y etnográfica. Sé que tendría muchas dificultades para justificar razonablemente mis elecciones ante un tribunal exigente de eruditos y lectores. Sé que si algún día se incorpora mi acervo a una biblioteca pública racionalmente ordenada perderá inevitablemente el carácter personal que, mediante esta embriogénesis caprichosa, ha venido adquiriendo.
Cierro diciendo que la sección de poesía en mi biblioteca, siempre mi favorita, tiene otras reglas. Es la única porción con un espacio particular reservado a ella. La que más cuido y consiento. Es posible que mi actitud sicológica al leer poemas me haga un súbdito y no un amo en ese territorio. Lo que es claro es que no se empalma con ninguna de las anteriores arriba descritas. Es quizá demasiado pronto para saber exactamente por qué me hice a muy temprana edad adicto a ese modo tan especial y anómalo de usar el lenguaje. Me seguiré observando y, si descubro algo notable, se los informaré.


miércoles, 24 de abril de 2013

Consulta


Fui con el dentista de Octavio Paz.
Me explicó paciente que yo no alcanzaba a morder
la quinta parte del bocado del poeta.
Depositó con delicadeza un balín de plomo entre mis muelas, aprieta
—dijo—y sonrió de que apenas una muesca consiguiera.
En un frasco tenía el muégano ovalado por Octavio.
¿Por qué habría de querer un poeta morder tan duro y hondo una bala?
—pregunté— y se puso a detallarme cómo el señor también podía
sujetar entre sus dientes por el cráneo a una codorniz,
sin latimarla, sin dejarla escapar. Apretando lo justo
para adormilarla y masticarla después si lo desease.
Fui con el dentista de Octavio Paz (y de otros
muchos poetas pelones y ruidosos que mascan
clavo y liendres)… ¡Sácame entonces todas las muelas!
—le pedí— pero sólo me drenó la pus de una canal.

Renqueante

La pus
Que es luz
De ayer

Podrida
Rellena
Socavones

En mi cuerpo
Camino
A tu costado

Mientras
Me brota
La gangrena

De los pies
A teñir
El camino